miércoles, 25 de marzo de 2009

juego de espejos



Entro a un servicio público y me dirijo a uno de esas pilas duchampinas de pared. Comienzo a mear y me vuelvo para comprobar que estoy solo. Pero para mi sorpresa distingo a una figura de espaldas a mi y pienso: Anda, un señor!... y ese señor era yo.

Grados de la poesía lírica



PESSOA [texto dactilografiado, tal vez 1930]

El primer grado de la poesía lírica es aquel en que el poeta, de temperamento intenso y emotivo, expresa espontánea o reflexivamente ese temperamento y esas emociones. Es el tipo más vulgar del poeta lírico; es también el de menos mérito, como tipo. La intensidad de la emoción procede, en general, de la unidad del temperamento; y así este tipo de poeta lírico es en general monocorde, y sus poemas giran en torno de determinado número, en general pequeño, de emociones. Por eso, en este género de poetas, es vulgar decir, porque con razón se señala, que uno es “un poeta del amor”, otro “un poeta de la saudade”, un tercero “un poeta de la tristeza”.

El segundo grado de la poesía lírica es aquel en que el poeta, por ser más intelectual o imaginativo, o puede incluso que sólo por más culto, no tiene ya la simplicidad de emociones, o la limitación de ellas, que distingue al poeta del primer grado. Este será también típicamente un poeta lírico, en el sentido vulgar del término, pero ya no será un poeta monocorde. Sus poemas abarcarán asuntos diversos, unificándolos no obstante el temperamento y el estilo. Siendo variado en los tipos de emoción, no lo será en la manera de sentir. Así un Swinburne, tan monocorde en el temperamento y en el estilo, puede con todo escribir con igual relieve un poema de amor, una elegía mórbida, un poema revolucionario.

El tercer grado de la poesía lírica es aquel en que el poeta, aun más intelectual, comienza a despersonalizarse, a sentir, no ya porque siente, sino porque piensa que siente; a sentir estados de alma que realmente no tiene, simplemente porque los comprende. Estamos en la antecámara de la poesía dramática, en su esencia íntima. El temperamento del poeta, sea cual fuere, está disuelto por la inteligencia. Su obra será unificada sólo por el estilo, último reducto de su unidad espiritual, de su coexistencia consigo mismo. Así es Tennyson, escribiendo por igual “Ulysses” y “The Lady Shalott”, así, y más, es Browning, escribiendo lo que llamó “poemas dramáticos”, que no son dialogados, sino monólogos revelando almas diversas, con las que el poeta no tiene identidad, no la pretende tener y muchas veces no la quiere tener.

El cuarto grado de la poesía lírica es aquel, mucho más raro, en que el poeta, más intelectual todavía, pero igualmente imaginativo, entra en plena despersonalización. No sólo siente, sino que vive, los estados de alma que no tiene directamente. En gran número de casos, caerá en la poesía dramática, propiamente dicha, como lo hizo Shakespeare, poeta sustancialmente lírico elevado a dramático por el asombroso grado de despersonalización que alcanzó. En uno o en otro caso continuará siendo, aunque dramáticamente, poeta lírico. Es ese el caso de Browning, etc.(ut supra). Ni el estilo define ya la unidad del hombre: sólo lo que en el estilo hay de intelectual la denota. Así es en Shakespeare, en quien el relieve inesperado de la frase, la sutileza y la complejidad del decir, son la única cosa que aproxima el hablar de Hamlet al del Rey Lear, o el de Falstaff al de Lady Macbeth. Y así es Browning a través de los “Men and Women” y de los “Dramatic Poems”.
Supongamos, sin embargo, que el poeta, evitando siempre la poesía dramática, externamente tal, avanza todavía un paso en la escala de despersonalización. Ciertos estados de alma, pensados y no sentidos, sentidos imaginativamente y por eso vividos, tenderán a definir para él una persona ficticia que los sintiese sinceramente (...)

domingo, 15 de marzo de 2009

mus



Todo aquello que el ser humano puede ver, contiene estética como una de sus propiedades. El concepto de estética en sí mismo, podríamos entenderlo como la ciencia que estudia las teorías de la belleza, que a su vez, por ser interpretable, ha dado lugar a corrientes que abarcan desde la filosofía a la sociología y la psicología. La estética es algo, como vemos, omnipresente en nuestras vidas, seamos o no conscientes de ello.
Si además, decimos que la estética es una ciencia, y entendemos por ciencia el conocimiento de las cosas por sus causas y su sistemática, podríamos pensar que la estética puede establecer unas leyes conforme a lo que es bello.
Estas afirmaciones, que se podrían razonar de forma lógica y desarrollada, habran despertado en vd. un sentimiento de duda más que razonable.

¿Qué es lo bello?

Quizá haya determinados contextos en los que sea posible enunciar unas normas conforme a la estética, pero, conforme al objeto de este texto (la creación plástica), está claro que no. El arte, y más concretamente el arte visual, es una de las obras del ser humano que, teniendo un poderoso vínculo con la estética, no acata normas, ni reglas, permanece indómito y siempre puede cuestionarse. Entonces... ¿qué es el arte?. Todavía nadie ha sido capaz de enunciar una definición convincente y, lo que es más importante, que englobe todo lo considerado "producción artística". El fotógrafo y teórico Joan Fontcuberta, dijo que la imagen es tán grande como el espectador; el mismo Platón, en su propuesta de sociedad ideal, sujeta a la razón pura, proponía eliminar la fábula, la poesía y otras artes imaginativas, por sustituir la verdad por lo inventado, por alejarse de lo razonable.
Parece que el arte es un estímulo que solo se da si es contemplado con una clara predisposición a buscar las huellas de lo que no es razonable, de lo que no se preve, de lo que corresponde al terreno de la locura, de lo irracional, de lo espiritual.
Todas las culturas, a lo largo de la historia, han producido algo que llamamos arte, y que, entre otras cosas, representa la esencia de las mismas. Es un denominador común. Sin embargo, no toda expresión artística nace del puro impulso del artista por materializar un sentimiento, que es la parte que aqui nos ocupa. Esa forma de arte, la que no tiene otra misión que la de satisfacer un deseo de trascender de lo físico y cotidiano, es la que nos hace humanos. Probablemente, no hay diferencias entre las Meninas de Velázquez y la "fuente" de Duchamp si el espectador es capaz de olvidar sus prejuicios y centrarse en lo espiritual de la obra, en lo que se esconde tras su apariencia física. Cuando todo lo que nos rodea responde a una estética, no se percibe, es como si lo estético no estuviera (como un sonido constante que no es percibido, puesto que no hay punto de referencia), es entonces cuando, algunos, tenemos la necesidad de materializar algo que nos permita llegar a ese estado. En este caso; el arte como acto o pensamiento, es fruto de la ausencia estética.
Al igual que no percibimos un sonido constante hasta que éste no desaparece (percibimos su ausencia), quizá solo podamos llegar al arte a través del no-arte, de su negación, de su exterminación.
En ocasiones, para decidir si algo es o no es una obra de arte, basta con la imposibilidad de razonar que no lo es, y esto a veces pasa.

Corbeau, lunes, 01 de octubre de 2001, 13:04:42.

el horario lo tengo cambiado



(4-10-2001)
Varias fuentes de información apuntan a que Aries está en su
mejor momento desde hace mucho tiempo. Al encender la televisión una futuróloga comenta que el cosmos está agitadísimo. El mejor signo es aries.
El que está en peor situación es capricornio, mi ascendente.
Al darse la coincidencia de que realmente hoy ha sido un
día catástrófico pienso, como siempre en paralelismos.
Aries y capricornio son signos no afines, pero representados
en animales con cuernos (cabras). Viendo mis imágenes
repetidas mil veces (tozudez) veo la gran capacidad de encontrar
similitudes con las relaciones entre las personas y las cosas.
Algunas fruto de la contemplación consciente y otras del azar (¿inconsciente?).
Desde luego hay una gran cantidad de hechos inexplicables.
hoy se me han caido cosas al suelo, me he cortado con cristales
y el horario lo tengo cambiado.

Ernesto es un hombre fascinado por la vida



Ernesto Salvatierra es un hombre fascinado por la vida. La vida le ata a este mundo que compartimos.
Para él se trata de conectar las cosas en su esencia más pura. El punto de vista espiritual de la materia.
Los cuerpos de matería contienen algo. Algo que todavía no se ha inventado para analizar la composición espiritual, eso que permite saber el comportamiento futuro del cuerpo. El proceso lento de su descomposición. Las causas de la tristeza, la inquietudes...
Cuando mira parece comprender la causa de su existencia. En el cosmos todo está conectado. El origen primero se obvia, como el fin. El mal es lo que no debe renovarse, sino perecer, porque en su existencia se corre el riesgo de que perezca también el bien, la vida global. No es un mundo de necesidades cuando se crea una gran masa. En la vida sólo comer y la compañia es de verdad imprescindible. Cuando Jesús actúa es en una gran empresa, en lo que está encomendado. En su mundo la violencia existe como en el nuestro. Y para desprender el mal del futuro, en su análisis de causas del mal, realiza unas reglas para que sean inculcadas para la mejora de vida. Para creer fuertemente en el futuro.
Todo es para él una razón espiritual. Hasta trabajando se dejaba llevar por la espontaniedad de sus pensamientos. Esto no sabía si era bueno o malo, pero era. Y cada vez era mayor. Con el paso del tiempo su vida se fue complicando. No era el hecho de dominar la técnica. Era compreder el espejismo en el que estaba. Y para eso le ayudó la fotografía. La utilizó al principio para la realización de imágenes que tenía en su cabeza, pero descubrio que era de la realidad, de sí mismo de lo que hablaba siempre. Empezó a conectar a las personas poara analizar el mundo. Plasmó en imágenes sus cuerpos y las partes de sus cuerpos, y las plasmó en momentos que fueron. No se sabe bien el porqué. Que fascinación le daban algunas personas? qué formas, qué momentos?.

martes, 10 de marzo de 2009

mirar dentro



5 de enero de 2004
après la pluie

Ernesto Salvatierra busco durante años la transcripción correcta a papel de la realidad que le envolvía. Lo último que retrató fueron las nubes, espuma del universo. Fijando sobre la materia el constante cambio.

Lo veía todo tras su ventana. Le apenaba que la belleza que veía se perdiera. Por eso trataba de recortala. La describía con palabras. La copiaba, la mejoraba (creía mejorar la realidad). A veces de su cajón saltaban una gran amalgama de huellas y fósiles muertos. Era un gran cementerio de una gran belleza. Le gustaba mirarlos para saber quien era, quien había sido, qué era lo que había visto con sus propios ojos, Ernesto Salvatierra.

Sobre el cajón de imágenes desordenadas cronológicamente, un espejo colgaba de la pared. Este espejo repetía las todas las imágenes que se enfrentaban a él, pero sólo unos ojos valientes podían verse a sí mismos.

Pasaron los años y todo lo describible fue descrito. Cuando terminó de esta ardua labor se deshizó del equipaje. Se sintió libre, rejuvenecido, infantil, libre de su destino. Enterró definitivamente sus fantasmas, que se alejaron en paz, y buscó una nueva estrella.