jueves, 25 de junio de 2009

Sobre "la figura de la ausencia"




" Decían que el suelo se hundía bajo sus pies. ¡Como si hubiera algo más magnífico que sentir que el suelo se hunde bajo los pies!"
Gustav Meyrink, El Golem.

"No conocemos lo que vemos", me decía Rubén. Y yo sólo podía asentir. Siempre hemos huído de la identidad de las imágenes, siempre hemos pretendido que la representación sea la cosa representada. Para conocer, para hacer posible al mundo, extraemos de su superficie escenas planas, mapas sustitutorios.
La fotografía no es un registro de verdad, es una metáfora que nos canjea experiencia por papel impresionado. Fotografiamos ausencias, no presencias. Lo que nos queda es totalmente distinto a la memoria; es como la huella de un perro en el cemento de la acera, como una jarrilla de cerámica en la que alguien en Cuenca ha escrito "Cuenca".
Tenemos miedo, miedo del abismo que se abre cuando acotamos los límites de una imagen, cuando ya no nos tragamos la falacia de que alguien nos mira desde un cuadro en la pared. Es esta falacia la que nos hace sonreír ante las pantallas, la que nos hace crédulos.
Y cuando hemos perdido la fe en las imágenes ¿qué nos queda?. Pienso en Robert Frank: las distancias, relaciones entre ellas. En las fotos de Rubén, tan desnudas, los retratados se enfrentan con confianza a su "ausencización", a la resignada mutación en algo diferente a sí mismos. Estas mutaciones, como objetos presentes, establecen mediante una ubicación (un montaje, me alegra incluir esta palabra) diálogos misteriosos con otra; diálogos entre imágenes casi autónomos con respecto a sus referentes. Quizá en ello haya algo de poética...Pero lo que a mi me interesa es lo indecible de esa relación, el enigma que el "magnetismo" entre dos presencias nos plantean. Como borradores para que, al fin, la eme con la a no sean ma nunca más.

De JAVIER AQUILUÉ para la exposición en San Sebastian